enero 08, 2012

De su piel y otros placeres

Dicen que no existe la perfección. Ella, la huésped de mis sueños, ella estaba ahí, en el sofá, con ese increíble vestido rojo. Era la escena perfecta.

Sus labios carnosos y perfectamente delineados emanaban palabras que seducían y volvían loco a este pobre diablo. A contraluz, la ventana entreabierta filtraba las escasas luces de la ciudad, que relucían a sus espaldas cual aureola de un ángel. Un ángel, justo frente a mí. Era la imagen perfecta.

A los pies del sofá, yacían un par de copas vacías y las brillantes zapatillas rojas a juego con el vestido. Tomó mi mano lentamente. El roce de nuestras manos, la cosquilla al tocar su piel, como tocar el cielo. Era el momento perfecto.

Nada se escuchaba en la habitación, salvo nuestras suaves exhalaciones. Sintiendo que el tiempo se ausentaba, nos acercamos el uno al otro. Sus labios a escasos centímetros de los míos. Su respiración contra la piel de mi rostro. Su sonrisa angelical mataba en silencio. Sus ojos color avellana hipnotizaban y me enloquecían. Era la mujer perfecta.

Rodeé su espalda con mi brazo, y la recorrí lentamente, desde su delgado cuello. Su hermosa piel brillaba sutilmente, mientras que mis dedos se deslizaban sobre ella, sin apartar mi mirada de la suya. En un momento de emoción, excitación y atrevimiento, mi mano bajó más allá del escote en su espalda. Pero entonces ella se apartó, y tocó mi rostro con su delicada mano. Con mi mente, mi alma y mi corazón debatiendo en un torrente de emociones y sentimientos, ella posó su dedo índice sobre mis labios, acompañado de un sensual guiño de ojo. Sin aliento, la atraje fuertemente contra mí, en un abrazo apasionado. En un movimiento rápido, ella cerró la ventana. Obscuridad total. Era la noche perfecta.

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