Saboreando la tristeza. Ésta es nuestra aflicción. Nuevamente observo un cielo azul con pinceladas grises. Pero esta vez no es ese clima la base de mi inspiración. Lo es ahora el clima en el cielo sentimental; mi inspiración: ella, mi inspiración también tiene nombre y apellido. Es mi mejor amiga, la conozco casi perfectamente, y ella a mí. Es sólo que intuyo que dicha relación está en riesgo.
Ésta es la carta. Mi carta para ella.
Yo soy ateo, en este mundo de mentiras y falsas ilusiones. Pero todos necesitan algo en qué verter su fe. Yo, simplemente creo en ella. Ella y la amistad que me ha ofrecido, que ha llegado a tener tintes diversos pero que hoy se oscurece; eso ha hecho de mi corta vida algo de deleite. Eso amerita mil gracias.
Lo nuestro ha recorrido caminos versátiles, altos y bajos, negros y blancos, y ahora pasa por un badén que ciegamente yo he cavado. Me cegué por el velo de mis ideas equivocadas. Nunca ha hecho más por mí que hacerlo todo. Me empeñé en lograr lo mismo, pero un error altera cualquier resultado. Y los pequeños descuidos suelen desembocar en problemas mayores. Este problema ha desencadenado en mí una oleada indescriptible de sentimientos. Es inevitable quererla así. Es inevitable extrañarla así.
Le pido perdón, aunque a su jucio no lo merezca. Es una carta para disculparme, para que en lo alto de su orgullo sean escuchadas estas palabras. La soledad es una amarga compañía, que llegó para suplirla cuando no la supe apreciar adecuadamente. Quiero recuperar lo que he perdido, o pronto perderé; tarde será jamás. Jamás deseo que llegue ese momento.
La carta que sea leída por ella. Por tí.
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