enero 06, 2012

Un eterno atardecer

No sabía qué día era, pero estaba seguro de que eran las 18:00 horas. Me sentía como despertando de un sueño, pero despertando en uno. No tardé en notar que sólo estábamos el cielo de color naranja y yo.

Soplaba el viento con un ligero silbido, y era frío. Caminé, con ese impulso inconsciente de los sueños. Me pareció que fueron horas, pero tardé sólo unos minutos en avistar esa gran estructura de vidrio que relucía brillante con los tonos del crepúsculo. Me acerqué más. Observé que una multitud entraba y salía de aquel edificio que cubría el horizonte en su totalidad. Emocionado, me acerqué aún más, con la curiosidad dominando al miedo.

No me di cuenta de su presencia hasta que estuve frente a ella. Ahí estábamos los dos. Ella y yo. Cara a cara. Me percaté de aquella pequeña gota que viajaba por su mejilla morena. Quise preguntarle algo, pero mi garganta sólo produjo dolor. Ella, en cambio, sólo permaneció estática, con las manos en los bolsillos de sus jeans. Su cabello de un profundo negro y rebeldemente ondulado se agitaba suavemente gracias al viento. Sin razón alguna, nos besamos, en un movimiento extrañamente coordinado y paralelo. Tantas emociones en ese momento, tan inexplicables, tan infinitas... Fueron escasos segundos que, aún siendo en sueños, jamás olvidaré.

Ella se alejó lentamente. Sus ojos lloraban abundantemente. Luego ella corrió repentinamente, y entró por una puerta transparente de vidrio. El cielo lucía idéntico, sin un sólo cambio. Una vez dentro, ella se volvió a mirarme. Sólo recuerdo haber leído en sus labios un "adiós", antes de que desapareciera tras un cegador destello de luz blanca cuya fuente desconozco.

Traté de ver de reojo a la demás gente, pero para mi sorpresa, me encontraba solo nuevamente. También recuerdo haber llorado, en silencio, preguntándome en silencio "¿por qué?".

Pero en ese momento no quería saber porqué, sólo quería verla una vez más.

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