Luz. El placer de nuestros ojos, y del alma. Que recorre los sentidos y acaricia el espíritu. Que siempre será, que en la oscuridad brillará. Siente tu cuerpo ser calado por las partículas luminosas, que te rodean en un gran cúmulo. Ahora la gravedad no existe, tu ser flota hacia ningún lugar, sin ninguna razón.
Eres un ente brillante, alumbras con luz diáfana y cálida. Pero nno eres tú, es algo externo, ajeno a tu humanidad. Allá abajo, a lo lejos, divisas un angosto caudal de luces blancas y rojas, fluyendo constantemente en sentidos opuestos. Y allá arriba, infinitamente distante, encuentras el eterno tapiz, absolutamente negro e infestado de pequeños granos luminosos. Billones de lunares blancos que destellan repetitivamente, como queriendo comunicarte un mensaje. Se encuentran tan remotos que es imposible medirlos.
¿Lo ves? El cielo, el universo, el espacio como tu techo, justo sobre la Tierra y el hombre. Y tú ahí, a la mitad. Aún no te preguntes porqué.
Nadas en este mar de luces. Levitas en el espacio, respirando el oxígeno inexistente, que te asfixia. Y tan pronto notas el entorno irreal, los cambios se hacen presentes. Imágenes estroboscópicas aparecen; el vértigo es inminente. El paisaje espacial se funde en una alucinación, análoga al momento entre el sueño y la realidad. Tu cuerpo ahora resiente los efectos gravitacionales e inexplicablemente vuelas cual asteroide, directo hacia el planeta azul. Más imágenes aparecen, pero te es imposible descifrar la segunda escena que se establece en tu mirada. La caída desde el cielo te marea, pero no puedes hacer nada para evitarlo. La adrenalina por tus venas no consigue matarte, y te mantiene despierto para presenciar el golpe. El dolor irrelevante, pues la sorpresa es mayor. Te levantas del suelo, y tras descubrir que te encuentras intacto, caes en un profundo desmayo.
Han pasado largas horas, pero apenas lo notas, tu mente se centra en la nueva escena que enfrentas. Es un túnel, uno verdaderamente largo, pero no puedes ver ningún muro, sólo aprecias el infinito de aquel singular pasillo. Al cabo de breves momentos de angustia, una figura se hace presente al lado opuesto del corredor. Su silueta camina lentamente hacia tí, y tú, consternado, no quieres hacer nada, simplemente esperar.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca para que pudieras identificar su cara, una bruma negra inunda tu mirada. Todo se vuelve negro, como durmiendo. Y de pronto comprendes que tú eras la luz al final del túnel, aquella persona andaba por él, y se acercó a ti. Tu luz, la más blanca que jamás él pudo haber visto.
Levitas en el espacio, ahora acompañado de tu víctima. Una víctima que nunca te fue impuesta. En su rostro hay una expresión de miedo, y piensas que así te sentías la primera vez. Ambos observan el mar de luces que luce su inmensidad brillante, en la noche eterna del universo. Él comienza su viaje, se ha convertido en uno como tú. Inmortal e incandescente, te sumerges en el fluido espacial, a la espera de lo que depare el destino.
Sabes que estarás de nuevo al final del túnel. Serás una luz, porque siempre lo has sido. Aunque ellos te dicen ángel.